Mentalidad

La noche que un programador se rió de mi código

Yo apenas aprendía a programar y mi producto se sostenía con alfileres. Necesitaba gente mejor que yo —y que se involucrara y creyera en esto.

Serie Origen · parte 3 de 4

Eran las ocho de la noche y el tipo al otro lado de la llamada se estaba riendo de lo que yo había construido.

Víctor era programador de verdad. Yo le contaba, orgulloso, cómo había armado la primera versión de Plick: HTML pelón, y una “base de datos” que yo editaba y volvía a subir a mano cada vez que un cliente cambiaba un precio. Para él, eso era de principiante. Se reía.

Y yo lo dejé reírse. Porque eso que a él le parecía básico ya me estaba pagando la renta.

Después de los primeros clientes, el límite era yo

Para la primavera de 2021 ya rodaba Villahermosa en bicicleta, vendiendo restaurante por restaurante. Funcionaba. Pero de noche me rondaba la pregunta: a este ritmo, yo solo, ¿hasta dónde llegaré?

No muy lejos. Yo apenas estaba aprendiendo a programar. Lo que había construido se sostenía con alfileres, y yo lo sabía.

Necesitaba gente que supiera más que yo. Mucho más. Y que, por algún motivo, creyera en esto.

Un libro de ventas me había dejado una idea

Años antes había pasado por el mundo del multinivel. No me hizo rico, pero me dejó algo que terminó valiendo más: la costumbre de leer libros de ventas y de superación.

En uno de ellos leí una idea que entonces sonaba obvia y que solo entendí cuando la necesité: no tienes que saberlo todo. Tienes que rodearte de gente que sea mejor que tú en lo que tú no eres.

En marzo de 2021 inicié esa búsqueda.

Los encontré en un videojuego, en Platzi y en la calle

A Víctor lo conocí jugando Clash of Clans. Él me presentó a Edward. De una partida en un juego de celular salió la llamada de las ocho de la noche, la de la risa, la que también fue el principio del equipo.

El resto los encontré contando la idea en voz alta. Había escrito sobre Plick en un grupo de Platzi en Discord, y la idea empezó a tener vida propia: gente que ni conocía me escribía por privado.

El primero fue un uruguayo, también de Platzi. Le apasionaba el ux/ui y quería practicar con un proyecto de verdad. Me hizo una propuesta de interfaz: su forma de ver Plick. Semanas después, cuando Jaziel entró, parte de su trabajo arrancó de ahí. Nunca le pedí el WhatsApp. Cuando quise volver a escribirle, su contacto ya no estaba en Discord.

A Luis lo conocí en ese mismo grupo, un día después de empezar a buscar. Yo había pagado Platzi para seguir aprendiendo y llevaba semanas peleándome con React sin entenderlo por mi inexperiencia. Luis me lo enseñó en una tarde —no con teoría, sino mostrándomelo dentro de un producto real—. Es la mejor forma en que he aprendido a programar. Y todavía no me considero programador; cargo con eso. Luis se sumó desde Francia, siendo venezolano, a un proyecto de un desconocido en Villahermosa.

Por esos mismos días, mientras peleaba con la primera versión, Emanuel —un compañero de aquí, de Villahermosa— me destrabó el JavaScript. Me explicó en una tarde lo que yo llevaba días dándome de topes por mi cuenta. Sin él, esa parte me habría costado meses.

A Jaziel el ux/ui lo conocía de la infancia; le llevo siete u ocho años. Acababa de terminar de formarse en interfaces. Le conté el proyecto y se subió.

Y a Julio lo encontré por un anuncio. Buscando alguien de marketing en grupos de Facebook, me topé con un anuncio tan bueno que le escribí solo para decirle eso: que era muy bueno. Resultó que se dedicaba al marketing de restaurantes. Justo lo que Plick necesitaba.

De repente tenía un equipo. Todos desconocidos, unidos —hoy lo sé— por el mismo sueño de construir algo.

Lo que para ellos era básico, para mí ya era dinero

Aquí está lo que tardé años en saber nombrar.

Víctor no fue el único. Edward también veía mi código y veía a un principiante. Tenían razón. Pero yo veía otra cosa: veía que alguien, allá afuera, ya estaba pagando por eso. Lo que para un programador era un ejercicio de práctica, para mí era la prueba de que el problema era real.

Esa es la trampa que vi de cerca después, una y otra vez, en desarrolladores brillantes: se enamoran de que el código sea perfecto y se olvidan de lo único que importa al principio —que alguien quiera pagar por la solución, aunque no esté perfecta—. Yo no caí en esa trampa por una razón simple: no sabía lo suficiente para caer en ella.

Mi ignorancia me ahorró el lujo del perfeccionismo.

Le ofrecí a unos magos algo que su empleo no les daba

Nunca les pregunté por qué dijeron que sí. Creo que fue, en parte, porque yo era un aventado: venía de varios negocios que habían fracasado, no me quedaba nada que perder.

Pero con el tiempo entendí algo más profundo. Un desarrollador es una especie de mago: se sienta frente a una computadora y hace aparecer cosas que antes no existían. Es una sensación única. Y muchos de esos magos pasan la vida haciendo magia para una empresa que no es suya, sin ser nunca dueños de lo que crean.

Yo no podía pagarles. Pero podía ofrecerles eso: ser dueños. Construir algo propio, suyo, que importara. Creo que se reflejaron en el proyecto. Creo que les atrapó la historia.

En julio de 2021 migramos los 30; en 2022, todo el país

Con el equipo, Plick dejó de sostenerse con alfileres.

En julio de 2021 lanzamos una versión de verdad —con panel de administración, donde cada negocio editaba sus productos y categorías solo— y empezamos a migrar ahí a los treinta restaurantes de Villahermosa. Ya no era mi invento subido a mano: era un producto.

En 2022 sacamos Plick a todo el país.

Los primeros ya no están. Les debo el comienzo.

De aquel primer equipo, hoy solo uno sigue en el camino. Cada quien por sus razones, y las respeto. No las cuento aquí.

Pero aprendí algo que llevo conmigo: hay gente que llega a tu vida solo para ayudarte a empezar, y luego se va. No por eso valen menos. Aquel uruguayo me dejó una propuesta de interfaz y un nombre que ya ni recuerdo; pasó, cumplió su cometido y desapareció. Plick existe porque cinco personas —Víctor, Edward, Luis, Jaziel y Julio— le creyeron a un aprendiz que llegaba en bicicleta y la dejaba en la esquina. Y porque otros, como ese uruguayo, le creyeron lo suficiente para empujar un tramo y seguir su camino.

A ellos les debo que esto dejara de ser cosa de uno. Porque sí: yo vendía, creaba HTML, CSS, hacía diseños para Facebook, intentos de interfaces… solo de recordarlo me sale una sonrisa. Pero solo me queda darles las gracias.


Lo que pasó cuando salimos a todo el país —y los errores que cometí tratando a un startup como si fuera una tiendita— es otra historia.