No terminé la carrera. Aprendí a programar a los 38 y construí Plick.
Después de contar cómo arrancó Plick, la pregunta que más me llegó fue una: '¿cómo aprendiste a hacer esto?'. La respuesta son veinte años de cosas que no parecían servir para nada.
Serie Origen · parte 2 de 4
Tenía 21 años y eran las dos de la mañana cuando una computadora que yo había ensamblado por fin prendió.
No estudié para eso. Lo aprendí en foros, con tutoriales y a base de equivocarme, porque quería que la máquina arrancara y nadie iba a venir a enseñarme.
Esa imagen tiene más de veinte años. La recordé esta semana, cuando conté cómo arrancó Plick y un montón de gente me escribió lo mismo: “¿pero cómo le hiciste? ¿cómo aprendiste a hacer esto?”.
La respuesta honesta es incómoda, porque no es una historia de mérito lineal. Es una historia de cosas que, durante veinte años, no parecían servir para nada.
Lo que se suponía que tenía que hacer
Vengo de una familia de bajos recursos, con una frase que se repetía: estudia para que seas alguien en la vida.
No digo que estudiar esté mal. Digo que a mí, estudiar para trabajar, nunca me acomodó. Terminé la prepa, entré a la licenciatura en informática y duré dos semestres.
Mi papá falleció cuando yo tenía 18 años. Me pegó al grado de que me salí de la escuela, y de ahí mi vida fue bastante caos. Sin título, sin el plan que se suponía que debía seguir, y con la sensación de estar haciéndolo todo mal.
Aprender sin saber que estaba aprendiendo
Desde los 17 navegaba en internet, pero fue como a los 21 cuando de verdad empecé a buscar en foros la forma de aprender cosas.
Una de esas cosas fue reparar computadoras. Aprendí a arreglarlas y a ensamblarlas con tutoriales y con desconocidos que respondían en un hilo. Años después supe que eso tenía nombre —ser autodidacta—; en el momento yo solo quería que la máquina prendiera.
No sabía que esa era la habilidad más importante que iba a desarrollar en mi vida: aprender solo, a mi ritmo y, sobre todo, aprender lo que de verdad me interesaba. Porque estudiar cuando hay interés ya no se siente pesado.
El multinivel que no me hizo rico
En algún punto me metí a un multinivel. Seré honesto, porque aquí la credibilidad es lo único que tengo: ni me hice rico ni armé ninguna red.
Me dejó una sola cosa, y resultó valer mucho: el hábito de leer. Me puse a leer libros de ventas y de mentalidad en mis treintas, casi una década antes de necesitarlos de verdad.
Las habilidades que no venían en el temario
Cuando por fin me senté a aprender a programar, a los 38, no llegué sesgado por lo técnico. No sabía lo suficiente para juzgar si algo estaba bien o mal hecho —y, por raro que suene, eso me dejó avanzar: no juzgaba lo que había hecho, solo me interesaba el resultado—. Lo que esa ignorancia me ahorró tiene su propia historia.
Pero traía algo que sí dominaba: hablar con cualquiera y tocar una puerta sin que me diera pena. Vender de frente. En ese momento, eso valía más que escribir código elegante.
Llegué a los 38 con una amalgama de habilidades de áreas que no tenían nada que ver entre sí. Todas terminaron convergiendo en lo mismo: programar y construir un producto.
A los 38, todo convergió
A los 38 me senté a aprender a programar. A los 39 salí a venderlo en bicicleta —esa parte ya la conté—.
Reparar computadoras me enseñó a aprender solo. El multinivel me puso a leer. Tocar puertas me consiguió los primeros clientes. Y los trabajos que nunca soporté me confirmaron lo único que de verdad quería: construir algo propio.
Ninguna de esas piezas, por separado, llevaba a ningún lado.
No estaba roto
Nunca aguanté un trabajo más de un mes. La rutina me apagaba, y durante años creí que el problema era yo.
Resulta que no. Solo estaba en el camino incorrecto.
Qué te llevas de esta carta
No te voy a decir que sigas tus sueños ni que el cielo es el límite. Eso es humo, y aquí no se vende humo.
Te digo algo más útil y más incómodo: seguramente ya tienes habilidades que crees que no sirven para nada, tiradas en etapas de tu vida que das por perdidas. Reparar algo de madrugada. Tocar una puerta sin que te tiemble la voz. Leer por tu cuenta lo que nadie te pidió.
No están perdidas. Están esperando converger. Las mías lo hicieron a los 38, en una carrera que no terminé y en un montón de cosas que se suponía que no debía estar haciendo a esa edad.