Mentalidad

El espejo prestado

Me topé en la calle a Lalo, mi jefe de cuando fui vigilante. Lo que me dijo me obligó a aceptar algo incómodo: creer en ti mismo no es una decisión, es un lujo que el entorno te raciona.

Serie Origen · parte 4 de 4

“Antes nadie daba un peso por mí.” Lo dije sin pensarlo, parados los dos en la banqueta, frente al edificio donde yo rentaba mi departamento nuevo —uno diferente, bonito, el tipo de lugar que de joven no me habría imaginado pagando—. Le contaba a Lalo lo que había logrado y se me escapó la frase.

La solté como quien suelta un hecho. Como algo que los dos ya sabíamos.

Era 2022, más o menos. Bajaba del depto y me lo topé ahí, en la calle, de pura casualidad, un encuentro de esos que duran lo que dura el semáforo. A Lalo lo conocía de otra vida: Eduardo, pero todos le decíamos Lalo. Cuando yo trabajé de vigilante, él dirigía el departamento de vigilancia. Mi jefe. El hombre que tuvo autoridad sobre mí en el punto más bajo que recuerdo me veía ahora del otro lado, contándole de un negocio, de un departamento, de una persona que él no había visto.

Y entonces movió la pieza que no esperaba.

“Yo siempre creí en ti”, me dijo. “Veía muchas cualidades. El que no creía en ti eras tú.”

Me quedé callado. No tenía respuesta. No porque fuera un halago bonito, sino porque me movió algo que llevaba años contándome al revés.

Yo era el que nadie había apostado. El que tuvo que probarse contra el mundo. Y de repente el hombre que me había mandado de vigilante me decía que el mundo sí me veía —que el único ciego en esa banqueta había sido yo—.

El mito que me habían vendido

Hay una frase que odio: “si quieres, puedes”.

La odio porque es media verdad, y las medias verdades hacen el peor daño. Suena a que basta con desearlo. A que el talento dormía esperando que alguien le diera permiso. A que un día te levantas, decides creer en ti, y todo cambia.

A mí no me faltó talento. Eso es lo incómodo de aceptar. El Raúl que Lalo veía con cualidades en la caseta de vigilancia era el mismo que años después creaba cosas. Las piezas ya estaban ahí —las mismas manos, la misma cabeza, la misma terquedad— años antes de Plick. No me faltaba capacidad. Me faltaba que las piezas encajaran en la vida que yo tenía.

Me faltaban dos cosas, y ninguna se compra con ganas.

La primera, lucidez: poder verme distinto de como me habían enseñado a verme. En el lugar de donde vengo, si tu papá fue carpintero, tú vas a ser carpintero. No es una maldición, es un mapa. Nadie te dice que puedes ser otra cosa porque nadie alrededor lo fue. No hay referencias. No hay mentores. No hay un solo ejemplo en la mesa de tu casa de que la vida pueda tener otra forma.

La segunda, un propósito que uniera las piezas. Y eso tampoco llegó como epifanía.

Cómo se ve un propósito de verdad

No me iluminé. No encontré “mi pasión”.

Tuve dos amigos que programaban en una compañía, y un día vi lo que ganaban: como sesenta mil pesos al mes. Y pensé, así de crudo, “quiero cobrar eso”. Ahí arrancó. No con una visión bonita: con la cuenta de un sueldo ajeno y la pregunta de por qué yo no.

Y debajo de esa cuenta había algo más viejo y más serio, que asomó después, cuando toqué fondo. Mis hijos. Darles lo que en algún momento no pude darles, lo que siempre merecieron. Ser, para ellos, lo que yo debí haber sido y no fui. Ese fue el motor de verdad, mucho más que el sueldo ajeno que me deslumbró al principio. No “cumplir un sueño”: pagar una deuda que solo yo conocía.

Eso unió las piezas que Lalo ya veía sueltas. El propósito no me hizo capaz —ya lo era—. Me hizo apuntar. Plick nació de ahí, no de un plan brillante.

Por qué casi no llego

Pero aquí está la parte que la frase motivacional nunca te cuenta.

Para verte distinto necesitas espacio. Espacio para leer, para pensar, para imaginarte siendo otra cosa. Y ese espacio es lo primero que el entorno te quita. Cuando pagas renta, luz y agua con un salario mínimo, no hay domingo de reflexión. No te sobra un minuto para preguntarte quién podrías ser, porque cada minuto ya está vendido a sobrevivir el mes. Te alcanza para llegar al viernes, no para levantar la vista —y un propósito necesita que levantes la vista, y cuando todo te aprieta la tienes clavada en la siguiente quincena—.

Creer en ti mismo se siente como una decisión. No lo es. Es un lujo, y el entorno te lo raciona.

Por eso a mí me tocó tocar fondo para encontrar el propósito. No lo encontré por más fuerte ni más sabio. Lo encontré porque me quedé sin nada que perder, y ese vacío —que no le deseo a nadie— fue, irónicamente, el primer espacio libre que tuve en años. Y hasta hoy no sé qué me sacó. Si fue suerte. Si fue constancia. Si fue que alguien, en una banqueta, me prestó un espejo en el que por fin me vi.

Porque eso fue Lalo, al final. Un espejo prestado.

Lo que no me atrevo a maquillar

No lo volví a ver. Le perdí la pista poco después de ese encuentro en la calle.

A él la vida no le fue pareja. La pasó mal, por cosas de su vida que no me toca contar. Y yo nunca pude regresar a decirle lo que esa frase suya hizo conmigo. Nunca pude agradecerle.

Y eso me deja con una verdad que preferiría no escribir: el hombre que me devolvió la fe en mí no salió. Estábamos los dos en la misma banqueta, esa tarde de 2022, y el mundo —caprichoso como es— nos llevó por caminos que no se parecen en nada. A uno le presta el espejo y al otro se lo quita.

Así que no, no te voy a decir que si quieres, puedes. Te voy a decir lo que de verdad pienso, aunque incomode: las piezas a lo mejor ya las tienes. Probablemente alguien las ve ahora mismo, igual que Lalo veía las mías. Lo que falta es la lucidez para verte, y un para qué que las junte —y eso cuesta carísimo cuando todo te aprieta—.

Por eso no todos salen. No porque no quisieran. Porque nadie les prestó el espejo a tiempo, o porque cuando se los prestaron ya no quedaba espacio para mirarse.

Si tú lo tienes en la mano ahora, no lo sueltes.