Mentalidad

¿Es demasiado tarde para reinventarte?

Manejaba un Uber rentado y le robaba una hora al día a aprender a programar. A los 39, en plena pandemia, salí en bici a vender lo que armé.

Serie Origen · parte 1 de 4

Dejaba la bicicleta en la esquina. No quería que me vieran llegar en bici a venderles software.

Caminaba la última cuadra con una página web demo en el teléfono y tocaba la puerta del restaurante como si hubiera llegado en coche. Plena pandemia. La mayoría me decía que no.

Tenía 39 años, y la mitad de la ciudad apagada.

Pero a pesar de todo, fue la mejor decisión que he tomado.

Sentía que había llegado tarde

Pasé seis u ocho meses deprimido, sin levantarme del fondo. Había perdido cosas —algunas no se recuperan— y en ese estado mental me hacía la misma pregunta, una y otra vez: ¿no era ya demasiado tarde para empezar de cero?

Hoy sé que ese enfoque estaba mal. En ese momento no lo veía.

Vengo de una familia de bajos recursos. Y un día, haciéndome esa pregunta por enésima vez, me topé con la única que sí importaba: ¿qué ejemplo le estoy dando a mis hijos? No el dinero. El ejemplo. Que cuando de verdad quieres hacer algo, te enfocas en encontrar el sí y desechas los noes.

No iba a terminar mi historia como la empecé.

Aprendí a programar después de una jornada larga

Manejaba un Uber que ni siquiera era mío. Lo rentaba. Me dejaba entre 250 y 300 pesos al día, después de pagar la renta del coche.

Me levantaba a las cuatro de la mañana y manejaba hasta las seis de la tarde. Llegaba a casa, y antes de caer rendido, estudiaba una hora la documentación: HTML, CSS y JavaScript. Una hora. Todos los días.

A finales de 2019 solté el Uber. Para 2020, sin saber que se venía la pandemia, ya estudiaba en casa y armé una pequeña agencia de marketing con dos amigos: yo hacía redes, campañas en Meta y diseño; ellos, fotografía y clientes. Casi todos nuestros clientes eran restaurantes.

No lo sabía todavía, pero acababa de sentarme justo enfrente del problema que se convertiría en Plick.

Una señora vendía empanadas y contestaba el WhatsApp con las manos en la masa

La vi un día cualquiera: vendía empanadas con su mamá, las dos solas. Cocinaba con una mano y con la otra respondía los pedidos por WhatsApp, uno por uno, sin parar.

Yo ya estaba harto de los proyectos de práctica —el típico to-do, la página de CV de ejemplo, lo que construye todo el que aprende a programar. Quería resolver algo de verdad.

Ahí lo vi. No supe nombrarlo entonces; fue más instinto que idea. La pandemia había empujado a cada restaurante de la ciudad a tomar pedidos por WhatsApp a mano, y se estaban ahogando.

Mi base de datos era un archivo que subía a mano

La primera versión de Plick no tenía nada elegante. HTML, CSS y JavaScript pelón. Mi “base de datos” era un archivo JSON que, cada vez que un cliente quería cambiar un precio, yo descargaba, editaba a mano y volvía a subir al servidor.

Con eso salí a cobrar.

Mi primer cliente fue un puesto de elotes y esquites. Le vendí Plick por mil pesos al año. Me pagó. Y cuando vi el pago entrar por una cosa que yo había armado a mano, algo hizo clic.

Al siguiente le cobré mil quinientos. Me pagó. Al siguiente, dos mil. Al siguiente, dos mil quinientos.

Cada vez subía el precio esperando que alguien por fin dijera “no, está muy caro”. Nadie lo dijo. Ahí aprendí que cuando el dolor es real, la gente paga —aunque la solución venga incompleta y armada con un archivo que subes a mano.

Escondía la bici para que me tomaran en serio

Para mediados de 2021 ya rodaba la ciudad en bicicleta, restaurante por restaurante, con la demo en el teléfono. Y sí, la dejaba en la esquina. Caminaba la última cuadra para que no me vieran bajar de ella.

Muchos me decían que no. Yo volvía a tocar la siguiente puerta buscando siempre ese sí. Creía en la solución, y la necesidad me empujaba por la espalda.

Para junio de 2021 tenía treinta restaurantes pagando.

Nos mudamos a un departamento donde pagaba el triple

Aquí viene la parte que cuento con vergüenza y con orgullo a partes iguales.

Quería darles otra vida a mi esposa y a mis hijos. Así que nos mudamos: de un departamento de 2,500 pesos a uno de 7,000. Casi el triple. Con treinta clientes y un ahorro para tres meses de renta. Nada más.

No tenía ninguna garantía de que esto fuera a funcionar. Tenía las ganas, y ahora también una fecha límite.

Y pasó algo que no esperaba: la presión no me hundió, me enfocó. Con la renta encima, mi cabeza no podía pensar en otra cosa que no fuera encontrar el siguiente negocio que tuviera ese dolor.

Cuando Fuego Extremo lo usó, la ciudad volteó

Entonces entró Fuego Extremo.

Fuego Extremo vende hamburguesas gourmet y, en Villahermosa, era el referente: el negocio que todos los demás miraban para ver cómo se hacían las cosas. Empezó a operar con Plick en sus primeras versiones.

Y fue la locura. Uno tras otro, los negocios que antes me cerraban la puerta ahora me escribían a mí. No tuve que buscarlos: me buscaban ellos.

Me tomó un par de años ponerle nombre a lo que había pasado. Pero ahí estaba la lección, regalada: convence al referente de la cuadra y la cuadra entera te sigue.

Nadie en LATAM había hecho esto

Cuando junté esos primeros treinta, busqué a quién copiarle. A quién mirar para hacerlo bien.

No encontré a nadie. En México, en Latinoamérica, no existía un software así —o al menos yo, con toda mi inexperiencia, nunca tomé una sola referencia. Las soluciones parecidas las vine a ver mucho después, cuando ya estaba formalizando la mía.

Estaba solo, en una ciudad lejos de todo, construyendo algo que nadie había construido en mi idioma.

Seguía sin saber si llegaría a algún lado. Pero por primera vez en años, dejé de preguntarme si era demasiado tarde.

Estaba demasiado ocupado en el proceso.